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Dentro del debate que se suscitó a partir de la “Carta abierta” de Oscar del Barco, dejo aquí un resumen breve de la participación que -en tal intercambio- tuvo Hector Schmucler.

Quienes tengan interés en leerlo pueden hacer click aquí.

En su edición de Junio/Julio la revista ERGO (órgano de ADRHA: Asociación de Recursos Humanos de Argentina), publicó una entrevista que me hicieron, donde se tratan algunas cuestiones que hacen al vínculo entre las empresas y las áreas de Recursos Humanos.

Cualquiera que tenga interés en estas temáticas, puede leer el reportaje haciendo click aquí.

En Diciembre de 1998, Bourdieu publicó un artículo en Le Monde, bajo el título “La esencia del neoliberalismo”. He aquí un resúmen.

El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de desregulación financiera, y se logra mediante la acción transformadora (debo decir destructiva) de todas las medidas políticas que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación (cuyo espacio de maniobra decrece continuamente); las asociaciones laborales (a través -por ejemplo- de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales); los sindicatos; las cooperativas, e incluso la familia.

El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues a diferencia de los gerentes de empresas, no corren riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales, y, por tanto, a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.

La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones, la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienden a ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de “perder la confianza del mercado”, y respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, estableciendo reglas bajo las cuales los gerentes operan, y conformando políticas de reclutamiento, empleo y salarios.

Así, se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales, y repetidas reestructuraciones corporativas, y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual; evaluación permanente; incrementos salariales individuales, o bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de “delegación de responsabilidad” tendientes a asegurar la auto-explotación de los trabajadores de acuerdo con técnicas de “gerencia participativa”. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobre-compromiso en el trabajo (no solo entre gerentes) y el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos.

De esta forma emerge un mundo darwiniano -es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía-, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad, y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domésticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejercito de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía. La fundación definitiva de este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es, en efecto, la violencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido.

La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el “contrato laboral” (sabiamente racionalizado y convertido en irreal). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional, en una era en que la adhesión a la organización se obtiene por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija; la proporción de empleados temporales continúa aumentando; el derecho de despedir a un individuo tiende a liberarse de toda restricción).

Así vemos como la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone -incluso- sobre los gobernantes. Se santifica el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad.

Quieren bancos centrales independientes. y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados.

Ya que vengo con el envión, adjunto un resumen de una ponencia de Horacio Tarcus donde elabora sus puntos de vista sobre la polémica abierta por la carta de Oscar del Barco.El resúmen que adjunto, cuyas deficiencias son mi responsabilidad, pertenecen a una charla ofrecida el 18 de Abril de 2008, en la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad de Cordoba.

Quienes tengan interés en leerlo pueden hacer click aquí.

En Octubre y Noviembre de 2004, la revista “La Intemperie” (de Córdoba) publicó un testimonio de un ex integrante del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), donde relata cómo fueron ejecutados dos miembros de esa organización por parte de sus propios compañeros. El filósofo Oscar del Barco, mandó a raíz de esa nota una carta abierta a la misma revista en la que se declara responsable de esas muertes por el hecho de haber apoyado al EGP (”Todos -dice- los que de alguna manera simpatizamos o participamos, directa o indirectamente,en el movimiento Montoneros, en el ERP, en las FAR, o en cualquier otra organización armada, somos responsables de sus acciones”).

La carta abierta de Del Barco provocó, en su momento, un largo debate entre intelectuales, algunos a favor del contenido de la misma, otros en contra. A su vez, el propio Del Barco fue realizando otras intervenciones, algunas como respuesta a quienes rechazaban su postura, otras bajo la modalidad de pequeños ensayos y otras en forma de entrevistas concedidas. (No sé si existen algunas intervenciones más que se me escapen). Estas intervenciones fueron ampliando las consideraciones iniciales de Del Barco.

Adjunto en este post un resumen de cuatro documentos de Del Barco, cuyos contenidos están arbitrariamente ordenados por mí. (Espero que no sea un ordenamiento desencaminado). Los cuatro documentos son: a) La “carta abierta”; b) La respuesta de Del Barco a las intervenciones de Jorge Jinkis, Juan Ritvo y Eduardo Grüner; c) La respuesta de Del Barco a una intervención de León Rozitchner; d) un pequeño ensayo de Del Barco titulado “Consideraciones sobre la violencia” (publicado en elinterpretador.net)

Cualquiera que desee realizar una lectura estimulante y desgarradora sobre las perplejidades que surgen de aquellos años (los 60 y los 70), puede hacer click aquí.

Con la firma de Pablo Rodriguez, la revista Ñ publicó en su edición del 16 de Agosto 2008 una nota titulada “De hombres, bestias y máquinas”. Pablo Rodriguez da cuenta de la publicación en castellano de la obra de Simondon; los ya publicados “El modo de existencia de los objetos técnicos” (Prometeo), y “Dos lecciones sobre el animal y el hombre” (La Cebra); y un libro a publicarse el año que viene, ” La individuación”, escrito a mediados de los sesenta.

Simondon es un autor clave para entender la obra de otros pensadores fundamentales; esencialmente Deleuze.

Transcribo una pequeña síntesis del artículo de Pablo Rodriguez:

“Simondon (preocupado por la idea de que haya algo que iguale al hombre con el animal y la máquina, contibuyó a pensar) acerca de las condiciones de lo humano, (y a retomar la discusión ) sobre los criterios de demarcación: si lo propio del hombre es el pensamiento, o la percepción, o la capacidad de afección, o todo ello junto o solo en parte, de manera absoluta o relativa.

Hay -según Simondon- un quiebre “excesivo, insólito y escandaloso” producido por Descartes y prefigurado por el cristianismo que hizo que la continuidad de los seres vivos (…) se interrumpiera en una concepción del animal como algo desprovisto de todo y en la del ser humano como dotado de actividad espiritual.

Lo que parece claro es que el dispositivo humanista de distinguirse del animal convirtiéndolo en su objeto de dominio, es parcial e inexacto. A la filosofía cartesiana, Simondon opone las fábulas clásicas de La Fontaine, de quien rescata un discurso sorprendente y de gran valor estético acerca de qué es lo que hay que entender por hombre.

Hay que derribar los mitos acerca del reinado de la técnica porque no se reconoce la realidad humana detrás de las máquinas. El clima intelectual propiciado, por ejemplo, por posturas con las de Martin Heidegger en “La pregunta por la técnica” o por la Escuela de Frankfurt, se parece, en opinión de Simondon, a la actitud insólita de Descartes que separa al animal del hombre. (…) Una vez más, el problema es la idea de dominación, ya sea de la máquina ante el hombre, o viceversa. “Lejos de ser el vigilante de una tropa de esclavos, el hombre -escribe- es el organizador permanente de una sociedad de objetos técnicos que tienen necesidad de él, como los músicos tienen necesidad del director de orquesta.”

En “La individuación” afirma cosas tales como: “la conciencia se puede comprender a través de la mecánica cuántica; la dialéctica es una teoría fallida sobre el devenir; el psiquismo es una ralentización del proceso vital; los animales tienen tanto vida social como psíquica; la cultura occidental perdió la relación con la espiritualidad porque convirtió en fetiche el concepto de información; la idea de lo social no es tan importante como la idea de lo colectivo.”

Todo tiene un “modo de existencia” particular dentro de una continuidad de los seres semejante a la de los antiguos griegos y romanos. Para Simondon todo ser, sea que pertenezca al reino de lo meramente físico, de lo vital, de lo psíquico, de lo social, o de lo técnico, tiene un problema que debe resolver a través de un proceso de individuación.”

Para ampliar un poco, aquellos en quienes se despertó alguna curiosidad sobre Simondon, pueden leer la primera parte del libro “Individuación” (que aparece en “Mesetas. Net”, con traducción de Ivan Domingo; a quien cito como fuente), haciendo click aquí.

J. Kenneth Benson, profesor del departamento de Sociología de la Universidad de Missouri- Columbia, escribió hace ya años un artículo con el título del epígrafe, publicado por “Administrative Sciencie Quarterly” en su volumen 22, en Marzo de 1977.

Siguiendo con mi humilde propósito de traducir al español algunos artículos clásicos sobre el tema organizacional, adjunto -para quienes estén interesados en este artículo- una versión del mismo a la que se puede acceder haciendo click aquí.

La noche pintaba para el aburrimiento. Tres pibes zappaban sin entusiasmo en el escenario modesto del local: dos viejos amplificadores, una batería incompleta, tres micrófonos y un piano Rhodes, disponibles como infraestructura básica al servicio de los que se animaban a subir. Los otros instrumentos, claro, los aportaba cada quien.
Estábamos hablando de política, para matar el tiempo. Miguel empezó con el ceremonial de gestos para que nos trajeran la cuenta. Yo fuí al baño, en el mismo momento en que la zappada estaba terminando y los pibes se bajaban del escenario.
Cuando volví a la mesa había un pelirrojo desgarbado afinando una Gibson. Justo en ese momento se quemó la única lámpara de iluminación del escenario. Miguel recibió la cuenta, y yo -que me acababa de sentar- me interesé por el monto para poner mi parte.
Sin luz, y sin expectativas, no daba para otra cosa que pagar y batirse en retirada.
El pelirrojo había casi desaparecido en la oscuridad cuando, sin preámbulos, atacó un acorde arrastrado, probablemente de séptima, cómo con slide, seguido de una estirada a dos cuerdas, como un navajazo, abriendo paso a una voz estremecedora, a medio camino entre el blues y el tango, con la que pronunció esta letra:

Resplandor de llamas
levanta preguntas a la oscuridad.
Pájaros de fuego remontan su vuelo sobre la ciudad.

(la guitarra lanza presagios con tremolo descendente)

Ya está desatada la bala del tiempo;
su purpura aliento nos alcanzará.

(aullidos agudos de cuerdas cortaron el humo del ambiente)

Miguel que se había levantado, se vuelve a derrumbar, absorto, en su silla. El viejo “Zorba” (que ya escuchó todo lo que hay que escuchar), levantó una ceja.

Dora, la gitana, lo leyó en mis manos
hace un año ya:
Veo muerte y llanto, vacío y espanto,
sangre y tempestad.

El pelirrojo se encorva sobre su guitarra y ella le devuelve un arpegio funebre.

La bala del tiempo, que ya fue lanzada,
abre cicatrices que no cerrarán.

La Gibson trepa acordes tras un riff que desangra. Miguel apoya la cabeza en el respaldo, como knockeado. Yo siento la boca seca y el cuerpo devastado.

Mi vieja guitarra, servirá de pala
con la que cavar,
la vana trinchera,
la lábil frontera en donde esperar

(todos allí, intuimos lo irremediable)

la bala del tiempo, que ya desatada,
insensiblemente, me atravesará.

El último acorde no se desploma brutalmente, sino que flota, agridulce, y liviano.

El pelirrojo no mira a nadie. Guarda lentamente la guitarra, y, sin decir palabra, sale del local y desaparece.

Vivo en la esquina. Literalmente.
Poco cielo, aliento arremolinado de ciudad en descomposición. Paredes verticales como laderas de volcanes tras las que arde una materia más viscosa que la lava: la intimidad de la gente.
Mi rutina no vá más allá de la ceremonia de la botella, y un brazo extendido por las dudas se le caiga una moneda a alguien. Con eso es suficiente para estar desaparecido. La miseria no puede ser expuesta impúdicamente, como la riqueza.
Los pocos que me miran, no me ven. No hay materialidad más concreta que la de los rótulos.
Así que mi trabajo necesita de una paciencia imperturbable.
La posibilidad de que me den algo mejora si se cumplen dos condiciones: No mirarlos a los ojos, y tener a mano algún recipiente (como un viejo sombrero) para que no sientan el asco de tocarme al darme algo.
Pero no me quejo. No puedo esperar demasiado de personas que ya no tienen nada para dar, y que también perdieron su hogar, aunque de otra forma: mientras que yo, según creo, me mantuve en el camino de siempre, para descubrir que al final no había una casa donde llegar, ellos perdieron el camino de vuelta a sus casas.

¿Que es el hogar, después de todo, sino una manera de habitar la propia humanidad sin animalizarse?

El libro “Lo que el trabajo esconde” (Editorial “Traficantes de Sueños”- Madrid), compila una serie de pequeños artículos relativos al análisis del mundo del trabajo, de diferentes autores. Bernard Lahire (sociólogo francés) contribuye con un pequeño ensayo que lleva el título del epígrafe, del que les dejo un pequeño resúmen.

Decir que la “realidad social es una construcción social e histórica”, no debería conducir a despojarle de un solo gramo de “realidad”. Muy a menudo resulta veloz el deslizamiento de la construcción material y simbólica, a la “fabricación” (artificial, arbitraria) simbólica o subjetiva. Así, todo se reduciría a puras creencias o representaciones (un mundo sin materialidad, sin instituciones, sin reglamentos, sin herramientas,etc.).

De tal modo, los actores son manipuladores de sistemas de representaciones, y lo único importante (desde el punto de vista del análisis) es la coherencia interna del sistema. (….) Al reducir todo a las representaciones de los actores, acabamos por someternos al sentido común, incluso cuando se pretende dar razón históricamente, sociológicamente, de esas construcciones.

Vincent Descombes declara: “Comprendo la tesis de la “construcción social de la realidad” como un desarrollo patológico de la fenomenología (….) La realidad, tal y como es constituida y construida por las prácticas representativas y los discursos narrativos de los agentes históricos, sería la única realidad que estos conocen. Pero, siendo legítimo plantearse el problema fenomenológico (¿que es lo que las personas han podido ver, captar, retener, de aquello que les ha sido dado?) resulta abusivo reemplazar lo real por lo intencional, la realidad por aquello que ha sido a cada instante visto, percibido, retenido de la realidad, en función de la ideología de las personas o de las condiciones históricas.

Pasar de la idea de “construcción social de la realidad” (social), a la de “reconstrucción a cada instante, por cada actor, de la realidad” es negar el peso de la historia incorporada y objetivada, y desarrollar una visión romántica de la acción como invención, aventura, “proceso creativo ininterrumpido de construcción”. La realidad social no sería más que una formación frágil, efímera, producto de sentidos intersubjetivos contextuales; el mundo social sería un escenario en el que todo se encontraría a cada instante, donde todo se reinventaría en cada interacción entre dos actores y en contextos singulares. Me parece que podríamos aquí evitar caer en la ingenuidad de hacer como si a cada instante confluyeran cosas inéditas, olvidando el peso de los hábitos y los dispositivos objetivados.(…) No nos inventamos con cada generación, y aún menos con cada intervención, el lenguaje, el derecho, el conjunto de las instituciones económicas, políticas, religiosas y sociales que hemos heredado, y con las cuales nos tenemos que componer.(…) Para el construccionismo todo ocurre como si la “cohesión de la realidad” no fuese más que un asunto de múltiples formaciones de sentido. Pero la construcción social de la realidad se deja ver tanto más en dispositivos objetivados y duraderos, que en “maneras de ver las cosas”, en “acuerdos y negociaciones de sentido”.

La metáfora de la “construcción social de la realidad” es una buena metáfora para desnaturalizar el mundo histórico y social (lo que existe ha sido hecho y, por lo tanto, puede ser deshecho). (…) La idea de la construcción social de la realidad es liberadora desde el punto de vista de la imaginación, pero no forzosamente realista en los hechos. Lo que es producto de una historia instalada en el mundo social, demanda mucho tiempo para ser transformado.(…) Armados a menudo con la noción de “juego de lenguaje” de Ludwig Wittgenstein, y pensando que esos juegos son reformables a voluntad, los construccionistas suelen olvidar que Wittgenstein insistía sobre la idea de que “una masa enorme de hechos deberían ser diferentes para que nos veamos conducidos a adoptar un juego de lenguaje diferente”. (…) Para transformar las “construcciones” de este mundo es necesario aprender a inscribir el tiempo corto de la biografía individual en los tiempos largos de los sistemas sociales.

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