En Diciembre de 1998, Bourdieu publicó un artículo en Le Monde, bajo el título “La esencia del neoliberalismo”. He aquí un resúmen.
El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de desregulación financiera, y se logra mediante la acción transformadora (debo decir destructiva) de todas las medidas políticas que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación (cuyo espacio de maniobra decrece continuamente); las asociaciones laborales (a través -por ejemplo- de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales); los sindicatos; las cooperativas, e incluso la familia.
El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues a diferencia de los gerentes de empresas, no corren riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales, y, por tanto, a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.
La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones, la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienden a ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de “perder la confianza del mercado”, y respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, estableciendo reglas bajo las cuales los gerentes operan, y conformando políticas de reclutamiento, empleo y salarios.
Así, se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales, y repetidas reestructuraciones corporativas, y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual; evaluación permanente; incrementos salariales individuales, o bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de “delegación de responsabilidad” tendientes a asegurar la auto-explotación de los trabajadores de acuerdo con técnicas de “gerencia participativa”. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobre-compromiso en el trabajo (no solo entre gerentes) y el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos.
De esta forma emerge un mundo darwiniano -es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía-, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad, y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domésticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejercito de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía. La fundación definitiva de este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es, en efecto, la violencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido.
La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el “contrato laboral” (sabiamente racionalizado y convertido en irreal). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional, en una era en que la adhesión a la organización se obtiene por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija; la proporción de empleados temporales continúa aumentando; el derecho de despedir a un individuo tiende a liberarse de toda restricción).
Así vemos como la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone -incluso- sobre los gobernantes. Se santifica el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad.
Quieren bancos centrales independientes. y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados.