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Vivo en la esquina. Literalmente.
Poco cielo, aliento arremolinado de ciudad en descomposición. Paredes verticales como laderas de volcanes tras las que arde una materia más viscosa que la lava: la intimidad de la gente.
Mi rutina no vá más allá de la ceremonia de la botella, y un brazo extendido por las dudas se le caiga una moneda a alguien. Con eso es suficiente para estar desaparecido. La miseria no puede ser expuesta impúdicamente, como la riqueza.
Los pocos que me miran, no me ven. No hay materialidad más concreta que la de los rótulos.
Así que mi trabajo necesita de una paciencia imperturbable.
La posibilidad de que me den algo mejora si se cumplen dos condiciones: No mirarlos a los ojos, y tener a mano algún recipiente (como un viejo sombrero) para que no sientan el asco de tocarme al darme algo.
Pero no me quejo. No puedo esperar demasiado de personas que ya no tienen nada para dar, y que también perdieron su hogar, aunque de otra forma: mientras que yo, según creo, me mantuve en el camino de siempre, para descubrir que al final no había una casa donde llegar, ellos perdieron el camino de vuelta a sus casas.

¿Que es el hogar, después de todo, sino una manera de habitar la propia humanidad sin animalizarse?

El libro “Lo que el trabajo esconde” (Editorial “Traficantes de Sueños”- Madrid), compila una serie de pequeños artículos relativos al análisis del mundo del trabajo, de diferentes autores. Bernard Lahire (sociólogo francés) contribuye con un pequeño ensayo que lleva el título del epígrafe, del que les dejo un pequeño resúmen.

Decir que la “realidad social es una construcción social e histórica”, no debería conducir a despojarle de un solo gramo de “realidad”. Muy a menudo resulta veloz el deslizamiento de la construcción material y simbólica, a la “fabricación” (artificial, arbitraria) simbólica o subjetiva. Así, todo se reduciría a puras creencias o representaciones (un mundo sin materialidad, sin instituciones, sin reglamentos, sin herramientas,etc.).

De tal modo, los actores son manipuladores de sistemas de representaciones, y lo único importante (desde el punto de vista del análisis) es la coherencia interna del sistema. (….) Al reducir todo a las representaciones de los actores, acabamos por someternos al sentido común, incluso cuando se pretende dar razón históricamente, sociológicamente, de esas construcciones.

Vincent Descombes declara: “Comprendo la tesis de la “construcción social de la realidad” como un desarrollo patológico de la fenomenología (….) La realidad, tal y como es constituida y construida por las prácticas representativas y los discursos narrativos de los agentes históricos, sería la única realidad que estos conocen. Pero, siendo legítimo plantearse el problema fenomenológico (¿que es lo que las personas han podido ver, captar, retener, de aquello que les ha sido dado?) resulta abusivo reemplazar lo real por lo intencional, la realidad por aquello que ha sido a cada instante visto, percibido, retenido de la realidad, en función de la ideología de las personas o de las condiciones históricas.

Pasar de la idea de “construcción social de la realidad” (social), a la de “reconstrucción a cada instante, por cada actor, de la realidad” es negar el peso de la historia incorporada y objetivada, y desarrollar una visión romántica de la acción como invención, aventura, “proceso creativo ininterrumpido de construcción”. La realidad social no sería más que una formación frágil, efímera, producto de sentidos intersubjetivos contextuales; el mundo social sería un escenario en el que todo se encontraría a cada instante, donde todo se reinventaría en cada interacción entre dos actores y en contextos singulares. Me parece que podríamos aquí evitar caer en la ingenuidad de hacer como si a cada instante confluyeran cosas inéditas, olvidando el peso de los hábitos y los dispositivos objetivados.(…) No nos inventamos con cada generación, y aún menos con cada intervención, el lenguaje, el derecho, el conjunto de las instituciones económicas, políticas, religiosas y sociales que hemos heredado, y con las cuales nos tenemos que componer.(…) Para el construccionismo todo ocurre como si la “cohesión de la realidad” no fuese más que un asunto de múltiples formaciones de sentido. Pero la construcción social de la realidad se deja ver tanto más en dispositivos objetivados y duraderos, que en “maneras de ver las cosas”, en “acuerdos y negociaciones de sentido”.

La metáfora de la “construcción social de la realidad” es una buena metáfora para desnaturalizar el mundo histórico y social (lo que existe ha sido hecho y, por lo tanto, puede ser deshecho). (…) La idea de la construcción social de la realidad es liberadora desde el punto de vista de la imaginación, pero no forzosamente realista en los hechos. Lo que es producto de una historia instalada en el mundo social, demanda mucho tiempo para ser transformado.(…) Armados a menudo con la noción de “juego de lenguaje” de Ludwig Wittgenstein, y pensando que esos juegos son reformables a voluntad, los construccionistas suelen olvidar que Wittgenstein insistía sobre la idea de que “una masa enorme de hechos deberían ser diferentes para que nos veamos conducidos a adoptar un juego de lenguaje diferente”. (…) Para transformar las “construcciones” de este mundo es necesario aprender a inscribir el tiempo corto de la biografía individual en los tiempos largos de los sistemas sociales.

El extraordinario Fernando Pessoa, probablemente el más grande poeta en lengua portuguesa, dejó tras su muerte una nutrida cantidad de escritos y reflexiones que pensaba algún día compaginar y publicar. A su muerte, esa recopilación y publicación fue realizada por terceros y conoció la luz bajo el título “Libro del desasosiego (Emecé). El libro fue escrito por el propio Pessoa bajo el ropaje de uno se sus heterónimos (Bernardo Soares). Les dejo aquí un brevísimo parrafo de esa obra maestra, con la intención de convencer aunque más no fuera a una persona, de leer el libro. Aquí va.

Nací en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían dejado de creer en Dios, por la misma razón que sus mayores habían creído en Él - sin saber por qué. Siendo así, y dado que el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente y no porque piensa, la mayoría de esos jóvenes eligió la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen (…) Por eso, ni abandoné a Dios tan ampliamente como ellos, ni acepté nunca la Humanidad. Consideré que Dios, si bien improbable, podría ser y en consecuencia, también ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica cuyo significado se limita a la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales. De tal manera, no sabiendo creer en Dios y no pudiendo creer en una suma de animales, me ubiqué, como alguna otra gente marginal, a esa distancia de todo a la que vulgarmente se llama Decadencia.

No tomando nada en serio, ni considerando que nos haya sido dada como cierta otra realidad que la de nuestras sensaciones, en ellas nos amparamos, y a ellas las exploramos como a dilatados territorios desconocidos(…) Sabemos bien que toda obra debe ser imperfecta(…) Pero imperfecto es todo; no hay ocaso tan bello que no pudiese serlo más aún, ni brisa leve que nos adormezca que pudiese brindarnos un sueño más apacible todavía (…) No es este el concepto de los pesimistas(…) Ser pesimista es tomarlo todo como a la tremenda y esa actitud es una desmesura y una molestia.

Para mí, la vida es como una posada del camino, donde debo demorarme hasta que llegue la diligencia del abismo. Ignoro donde me lleva porque no sé nada.(…) Sobre todos caerá la noche y arribará la diligencia. Disfruto de la brisa que me dan y del alma que me dieron para ello, y no pregunto más ni busco. Si cuanto dejé escrito en el libro de los viajeros puede, releído un día por otros, entretenerlos también en la travesía, estará bien. Si no lo leyeran ni los entretuviera, estará bien de todos modos.

Todos tenemos un patrón Vasques, visible para unos, invisible para otros. Para mí se llama realmente Vasques, y es un hombre sano, agradable, que a veces puede ser brusco pero sin lado de adentro, interesado pero en el fondo justo, con una justicia que falta a muchos grandes genios y a muchas maravillas humanas de la civilización, tanto de derecha como de izquierda. Quedará para otros la vanidad, la sed de más riqueza, de más gloria, la inmortalidad…. Prefiero al Vasques hombre, mi patrón, que es más tratable en las horas difíciles que todos los patrones abstractos del mundo.

Considerando que yo ganaba poco, me dijo el otro día un amigo, que es socio de una firma próspera por los negocios que realiza con el Estado: ” ¡Te explotan, Soares!”. Su exclamación me recordó que es cierto; pero como en la vida todos tenemos que ser explotados, me pregunto si valdrá menos la pena ser explotado por el Vasques de las mercaderías, que por la vanidad, por la gloria, por el despecho, por la envidia, o por lo imposible.

¿ Ahora entiendo! El patrón Vasques es la Vida. La vida, monótona y necesaria, demandante e ignorada. Este hombre banal representa la banalidad de la vida. Él es todo para mí porque es lo de afuera y porque la vida para mí es solamente lo de afuera.

En su libro “Gestión de la complejidad en las organizaciones”, el profesor argentino Jorge Etkin desarrolla una interesante elaboración de la visión dialéctica aplicada al fenómeno organizacional.

Dejo a los interesados un resumen de los tres primeros capítulos del libro al que pueden acceder haciendo click aquí.

José Ignacio Ruiz Olabuénaga publicó un libro de su autoría, que lleva por título “Sociología de las Organizaciones” (Universidad de Deusto).

En el capítulo II (Que es Organización) hace un repaso de las posturas de diferentes autores sobre el tema Organizacional, dividiéndolos en dos tradiciones: La Sociología del Orden y la Sociología del Conflicto.

Dejo a continuación un resumen personal de esa elaboración del autor. Quienes tengan interés en leerla, pueden hacer click aquí.

El 17 de Mayo pasado, la revista Ñ publicó un artículo firmado por Zizek, bajo el título “Pidamos lo imposible”, que pone sobre el tapete las amenazas a las que el capitalismo global está exponiendo a la humanidad. Dejo un pequeño resumen de la lectura.

Hay cuatro antagonismos fundamentales para impedir la reproducción infinita del capitalismo global: 1) El peligro inminente de catástrofe ecológica; 2) la inadecuación de la propiedad privada para la llamada “propiedad intelectual”; 3) las consecuencias socio-éticas de los nuevos desarrollos tecno-científicos (especialmente la biogenética); 4) nuevas formas de apartheid, nuevos muros y villas miseria.

Los primeros tres son comunes, la sustancia compartida de nuestro ser social cuya privatización es un acto violento. Están los comunes de naturaleza externa amenazados por la contaminación y la explotación (desde el petróleo hasta los bosques, el hábitat natural mismo); los comunes de naturaleza interna (la herencia biogenética de la humanidad); y los comunes de la cultura (las formas inmediatamente socializadas del capital “cognitivo”, empezando por el lenguaje, nuestos medios de comunicación y educación, pero también la infraestructura compartida del transporte público, la electricidad, el correo, etc).

De todos, no obstante, el antagonismo entre los Incluídos y los Excluídos es el fundamental. En diferentes formas de villas miseria, asistimos en todo el mundo al rápido crecimiento de la población fuera del control del Estado, viviendo en condiciones prácticamente al margen de la ley, con una carencia terrible de las formas mínimas de autoorganización: Aunque su población esté compuesta por trabajadores marginados, empleados públicos superfluos y ex campesinos, no son un simple excedente; son incorporados a la economía global de muchas maneras, muchos de ellos trabajando como jornaleros informales o cuentapropistas, sin cobertura de salud o social adecuada. (La principal causa de su aparición es la inclusión de los países del Tercer Mundo en la economía global, con importaciones baratas de alimentos de los países del Primer Mundo que arruinan la agricultura local). Son el verdadero “síntoma” de esloganes como “Desarrollo”, “Modernización”, y “Mercado Mundial”; no un infortunado accidente, sino un producto necesario de la lógica interna del capitalismo global. Quien vive en las favelas de Río de Janeiro o Shangai no es necesariamente distinto de alguien que vive en la periferia de París o en los guetos de Chicago.

Si ignoramos este problema de los Excluídos, todos los otros antagonismos pierden su faceta subversiva. La ecología se convierte en un problema de “Desarrollo Sustentable”; la propiedad intelectual en un problema legal complejo; la biogenética en un problema “ético”.

En contraste con la imagen clásica de los proletarios que “no tienen nada que perder salvo sus cadenas”, estamos todos en peligro de perder todo: el peligro es que nos veamos reducidos al sujeto cartesiano vacío, privado de todo contenido sustancial, desposeídos de nuestra sustancia simbólica, con nuestra base genética manipulada, vegetando en un ambiente inhabitable. Esta triple amenaza a la totalidad de nuestro ser nos convierte a todos, de alguna manera, en potencialmente proletarios.

La única forma de ser auténticamente realistas, es imaginar aquello que -dentro de las coordenadas de este sistema- parece imposible.

Llegué a ver la brisa
levantando,
la materia sutil de lo que parte.

Y supe que no hay adios,
ni muerte.

Y decidí cantarte,
cada día,
esa canción,
aquella,
para que estés conmigo
tarareando, silbando.

Lanzando al aire de la noche
sonrisas que despierten,
a los que en silencio esperan
aquello que no existe.

El adiós. Y la muerte.

Borges dijo alguna vez que para cada libro hay tantos autores como lectores, queriendo señalar que un texto se reescribe cada vez que un lector se lo “apropia” mediante su particular interpretación. Sin embargo, hay un “disparador” para todas esas interpretaciones; hay un estímulo, y ese es el “Texto” tal como nos fue legado por su “Autor” originario.

Considerado desde el punto de vista de sus protagonistas centrales, Mayo de 1968 (el “Mayo francés”) fue fundamentalmente una movilización torrencial de los estudiantes franceses contra el moralismo fanático, el principio de autoridad jerárquica, y contra una cultura que de muchas maneras reprimía la libertad en el desarrollo y expresión de formas de identidad y modos de existir que no respondieran a los principios y estereotipos “aceptados”.

Cuarenta años después, Daniel Cohn Bendit, histórico líder de los estudiantes que protagonizaron aquellos hechos, sostiene (juzgando con la perspectiva que le ofrece el tiempo transcurrido) que aquellos acontecimientos modificaron la vida social, las formas de hablar, las formas de amar, en fin, los esquemas y costumbres de la moral dominante, permitiendo una mayor autonomía, y abriendo el camino a los movimientos en defensa de los derechos civiles (por ejemplo el de las mujeres, el de los homosexuales, y el de las etnias).

Naturalmente, a partir de este movimiento fundamentalmente orientado a desarticular los pilares de una cultura autoritaria, asfixiante y discriminatoria, se desprendieron algunas ramificaciones políticas asociadas a la resistencia contra el autoritarismo, el rechazo de la guerra (en particular, en ese momento, a la guerra de Vietnam), y el rechazo de diversas formas de tiranía y sometimiento, que deben entenderse en clave de repulsa frente a la impunidad de los poderosos, y frente al terror que la guerra fría desplegaba sobre el mundo entero.

Pero la política no fue el centro de aquel movimiento. Como dice el propio Cohn Bendit, “ Su esencia existencial lo hizo políticamente intraducible(…) Las categorías estériles de la tradición política no encontraron un punto de apoyo en los acontecimientos.” No le falta razón a Cohn Bendit: la retórica política de los intelectuales y militantes que quisieron cooptar a los protagonistas centrales, no impidió que -desde el punto de vista político- el “sistema” integrara sus contradicciones metabolizando y diluyendo tanta energía. Yo diría, que no solo no lo impidió sino que lo facilitó, a tal punto, que De Gaulle y Nixon accedieron al poder.

Este “fracaso” político no puede esconder el enorme impacto de aquellos acontecimientos sobre las costumbres, los derechos civiles (en particular los de las minorías, las mujeres y los jóvenes), y -mucho más importante aún- sobre la actitud de las generaciones que siguieron, en lo que se refiere a poner en tela de juicio y sospechar de cualquier enunciado que, tras una pretensión de “verdad”, esconda un ejercicio indiscriminado del poder o la autoridad. Mayo del 68 logró -por lo menos- que ciertas prácticas perdieran su halo de naturalidad. Consiguió que quienes las practicaban “como si tal cosa”, fueran conscientes de que el “otro”, algún “otro”, defendería sus derechos, los que hasta ese momento eran ignorados, sepultados como estaban bajo la masa de escombros de una cultura asfixiantemente autoritaria.

Edward Saíd solía decir que se avanza incluyendo diferentes visiones en un abrazo expansivo, haciendo que los bandos se hagan conscientes unos de otros. Mayo del 68 hizo que los unos fueran conscientes de los otros (aunque aquel abrazo fuera un “abrazo de oso”).

La relación entre aquellos acontecimientos, cuyo epicentro fue Francia, y la realidad argentina, puede explicarse adaptando un poco la frase de Cohn Bendit ya citada: Las categorías estériles de su pensamiento, hizo que la esencia existencial de aquellos acontecimientos fuera intraducible para los intelectuales argentinos.

Para los militantes e “intelectuales orgánicos” del peronismo, no era más que una protesta frívola de la clase media. Para el comunismo local era una aventura pequeño- burguesa. Para otros , como Nicolas Casullo (a quien cito): “Fue una intención de gestar un relato disruptor, para discutir contra los relatos que establecían la realidad(…) (Un relato) para asaltar la ciudadela del verbo neocapitalista -mercado, medios de masas, publicidad, educación, “aparatos ideológicos- (y permitir) la revolución verdadera.(….) Un nuevo sujeto sociocultural pasaba a compartir el trono de la revolución posible (….) Ellos (los estudiantes, la juventud) portaban los cañones contra la conciencia alienada en el capitalismo de la abundancia. (…) El mayo parisino se sintió heredero pleno del leninismo revolucionario”.

Confieso que me impresionan las torsiones de unos y otros para encajar el fenómeno dentro de las categorías del lenguaje y las creencias que ellos mismos suscriben. Aquellos acontecimientos, insisto, se resisten a ser pensados con categorías políticas cristalizadas y maniqueas. Peor aún, si se pretende explicar cuál fue la recepción de aquel acontecimiento (o de cualquier otro) en una cultura diferente (por ejemplo en Argentina).

Respecto de la recepción de aquellos hechos en Argentina, dice el mismo Casullo: “Paris del 68 nunca fue pancarta, cartel, eslogan o estribillo estudiantil, barrial, gremial, de las corrientes armadas o no, insurrecionales o guerrilleras, ni aquí, ni en América Latina”. Cuando leo esta afirmación, me surgen dos preguntas: ¿Por qué elige esos “colectivos” y no otros para rastrear si hubo o no alguna recepción del fenómeno? Pero, la pregunta que más me moviliza es la que sigue: ¿De que modo se puede saber si “mayo del 68″ no estuvo detrás, o por lo menos entreverado, en las utopías (explícitas o difusas, profundas o banales) de los jóvenes argentinos de aquellos años?

Yo, por mi parte, buscaría las huellas del “mayo francés” (en lo que se refiere a su “recepción” en Argentina), más que en los movimientos políticos, gremiales, barriales, insurreccionales, etc.,en la juventud multitudinaria convocada por el -entonces naciente- rock nacional, y en los profundos cambios éticos, estéticos, actitudinales y existenciales que vinieron de la mano de todo aquello. Al buscar esas huellas estaría precavido: seguramente no las voy a encontrar en estado puro. Van a estar mezcladas con la deriva incontenible de Bob Dylan, de los Beatles, de los Rolling Stones, de Luigi Tenco, etc., etc., etc.

Y, dicho sea de paso, tomaría otra precaución: trataría de no ser literal. Los eslóganes del “mayo francés” seguramente estarán fundidos en otros eslóganes, habrán adoptado otras palabras, habrán sufrido las enigmáticas formas del sincretismo.

¿Por qué buscar en la música?

Porque “la vida imita al arte”.

En su libro “Los apremios del día” (Emecé Ensayo) Santiago Kovadloff incluye un breve artículo con su firma, que había sido publicado en Octubre de 2005 por el diario La Nación. Su lectura me parece muy interesante, sobre todo en el momento actual de la República Argentina. Transcribo los fragmentos que me parecen más relevantes.

Ocurrió durante el lanzamiento de la campaña en Rosario. Allí se le oyó decir a la senadora Cristina Fernández de Kirchner: “Usted, Señor Presidente, es un punto de inflexión en la historia de los argentinos. No somos protagonistas, ni usted ni yo ni nadie. Somos apenas instrumentos que toma la historia para hacer cumplir su designio y voluntad. Tal vez, el mérito sea hacernos cargo de esa historia, de esa voluntad, y de ese destino común de los argentinos”.

Bueno sería que, de tanto en tanto, los políticos contaran con el asesoramiento de algún filósofo o teólogo; sobre todo a la hora de recurrir a ideas de larga y compleja tradición conceptual y en la medida en que de fortalecer la cultura democrática se trate. Es riesgoso sostener que el Presidente de la República y las restantes fuerzas del oficialismo (…) no son “protagonistas” sino “instrumentos” de los que la historia se vale “para hacer cumplir su designio y voluntad”. Por este camino se desemboca, irremediablemente, en la sacralización de la propia concepción de la Historia. Ésta ya no aparece como fruto de una interpretación, sino como la única visión objetiva, correcta, y por lo tanto indispensable que los acontecimientos tienen de sí mismos.

Al concebirnos como “instrumentos” de mandatos trascendentes, declinamos toda responsabilidad en la construcción de una lectura posible de la Historia, para limitarnos, según creemos, a reflejar sin distorsión su significado sustancial, a concretar fiel y puntualmente lo que ella quiere y eso de tal modo que nuestro proceder se convierte en el de la mismísima Historia. No se trata pues de reivindicar, para quienes cumplen con lo que está escrito, ningún protagonismo sino tan sólo el papel de modestos ejecutores de los anhelos de la Realidad.

¿Qué implica la noción de protagonista? (…) Es sabido que en ninguna obra bien construida el protagonista monopoliza la acción, aún cuando en su desarrollo le quepa cumplir un rol descollante. El protagonista es quien es a condición de que sepa que no está solo e interactúe, incesantemente, con quienes no piensan ni proceden como él.(…) En consecuencia, al renunciar a una función protagónica, el político puramente instrumental se siente exceptuado de cualquier convocatoria al debate en torno al alcance y justeza de su comprensión de la Historia. Es que se supone que ella le ha ofrendado en secreto su auténtico y más intimo propósito, convirtiéndolo en depositario dilecto de su verdad. él encarna esa verdad, según estima. No se limita a opinar sobre ella como el resto de los mortales.

No puede sorprender, en consecuencia, que la gestión gubernamental en curso se muestre tan reacia al intercambio de ideas con quienes no comparten su concepción de las cosas y no acatan mansamente sus consignas. (…)

¿DE QUE SE RIEN?

Me gustó el artículo firmado por Hugo Salas, publicado en el suplemento “Radar”, de “Pagina 12″, el 11 de Mayo, que lleva el título del epígrafe. Por esa razón, reproduzco una parte.

Semanas atrás, la breve participación de Gasalla como jurado suplente de Sofovich en Bailando por un sueño (…) vino a corroborar -de manera tan lapidaria como paradójica- que en la televisión actual ya no hay lugar para los humoristas(…) Con solo revisar las grillas de programación se advierte la desaparición de uno de los pocos géneros realmente valiosos de la televisión nacional (…) que ha tenido una sucesión de cómicos tan productiva como la que va de Pepe Biondi a Casero, pasando por los uruguayos de Telecataplum, Tato Bores, el mismo Gasalla o incluso Olmedo.(…)

Este vacío, sin embargo, ni se siente, por momentos pasa desapercibido. Hay causa: para encubrir su absoluta carencia de humor, la televisión actual se ríe, se ríe todo el tiempo con la hilaridad sin alegría de las hienas y un batir de mandíbulas que se parece más al del amontonamiento de cadáveres que al chispazo intelectual que provoca el reconocimiento de un buen chiste. No solo los programas de chimentos, concursos o variedades se ríen, sino incluso los noticieros y los programas periodísticos, donde simpáticas “notas de color” se superponen a una conducción cada vez más afectada(…) El cosquilleo punzante y reflexivo, doloroso casi, del antiguo programa de humor, ha sido reemplazado por el comentario rápido, ocurrente y fugaz del panelista, estable o de ocasión, que inunda aquí y allá los diversos estudios.

¿Y de que se ríen? Según dicen, la TV se ríe de sí misma, pero no hay que confundirse. Cuando hoy la caja demasiado astuta se ríe “de sí misma”, su risa no se parece en nada a la risa cáustica y crítica que podía despertar un Tato con sus monólogos, ni siquiera la risa liberadora de Olmedo(….) Incluso en aquellos programas (cada canal tiene el suyo) dedicados a fustigar las producciones propias y ajenas, la risa es celebratoria, disipa la duda, obstruye el reconocimiento, impide la crítica. En las pocas oportunidades en que un invitado o un panelista desinformado amenaza dejar caer una idea, allí salta al ruedo el conductor con el chiste rápido o el chivo ameno que vuelve a poner las cosas en su lugar.

Un caso ejemplar es la tendencia, cada vez mas reiterada, de entrevistar chicas poco astutas con el único fin de hacerlas quedar como chicas poco astutas (¿que sentido tiene, a fin de cuentas, preguntar por la capital de países cuyas novedades quedan fuera del menú estrictamente regional que sirven los noticieros?). El procedimiento es sencillo, tan simple como corroborar un prejuicio, y suele recomendarse su aplicación con una víctima tan dispuesta como Karina Jelinek. Ocurre que ella no juega, como otras, a hacerse la tonta cuando, en realidad, su caso es apenas de ignorancia. No. En ella no sólo hay falta de información y desinterés por obtenerla; sus respuestas delatan a las claras, una severa imposibilidad de llevar a cabo las operaciones intelectuales más sencillas.

Honestamente, ¿quien puede reírse, si lo piensa dos veces, ante una exposición tan desembozada del grado extremo en que la sociedad actual puede anular la vida intelectual de un individuo? (…) ¿A quien puede parecerle graciosa semejante reducción del sujeto al cuerpo, al mero pedazo de carne? Al televidente, siempre y cuando haya sido pacientemente adoctrinado por las cada vez más numerosas horas en que le enseñan, sin pausa, que solo le queda una posibilidad ante todo: reírse.

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