Borges dijo alguna vez que para cada libro hay tantos autores como lectores, queriendo señalar que un texto se reescribe cada vez que un lector se lo “apropia” mediante su particular interpretación. Sin embargo, hay un “disparador” para todas esas interpretaciones; hay un estímulo, y ese es el “Texto” tal como nos fue legado por su “Autor” originario.
Considerado desde el punto de vista de sus protagonistas centrales, Mayo de 1968 (el “Mayo francés”) fue fundamentalmente una movilización torrencial de los estudiantes franceses contra el moralismo fanático, el principio de autoridad jerárquica, y contra una cultura que de muchas maneras reprimía la libertad en el desarrollo y expresión de formas de identidad y modos de existir que no respondieran a los principios y estereotipos “aceptados”.
Cuarenta años después, Daniel Cohn Bendit, histórico líder de los estudiantes que protagonizaron aquellos hechos, sostiene (juzgando con la perspectiva que le ofrece el tiempo transcurrido) que aquellos acontecimientos modificaron la vida social, las formas de hablar, las formas de amar, en fin, los esquemas y costumbres de la moral dominante, permitiendo una mayor autonomía, y abriendo el camino a los movimientos en defensa de los derechos civiles (por ejemplo el de las mujeres, el de los homosexuales, y el de las etnias).
Naturalmente, a partir de este movimiento fundamentalmente orientado a desarticular los pilares de una cultura autoritaria, asfixiante y discriminatoria, se desprendieron algunas ramificaciones políticas asociadas a la resistencia contra el autoritarismo, el rechazo de la guerra (en particular, en ese momento, a la guerra de Vietnam), y el rechazo de diversas formas de tiranía y sometimiento, que deben entenderse en clave de repulsa frente a la impunidad de los poderosos, y frente al terror que la guerra fría desplegaba sobre el mundo entero.
Pero la política no fue el centro de aquel movimiento. Como dice el propio Cohn Bendit, “ Su esencia existencial lo hizo políticamente intraducible(…) Las categorías estériles de la tradición política no encontraron un punto de apoyo en los acontecimientos.” No le falta razón a Cohn Bendit: la retórica política de los intelectuales y militantes que quisieron cooptar a los protagonistas centrales, no impidió que -desde el punto de vista político- el “sistema” integrara sus contradicciones metabolizando y diluyendo tanta energía. Yo diría, que no solo no lo impidió sino que lo facilitó, a tal punto, que De Gaulle y Nixon accedieron al poder.
Este “fracaso” político no puede esconder el enorme impacto de aquellos acontecimientos sobre las costumbres, los derechos civiles (en particular los de las minorías, las mujeres y los jóvenes), y -mucho más importante aún- sobre la actitud de las generaciones que siguieron, en lo que se refiere a poner en tela de juicio y sospechar de cualquier enunciado que, tras una pretensión de “verdad”, esconda un ejercicio indiscriminado del poder o la autoridad. Mayo del 68 logró -por lo menos- que ciertas prácticas perdieran su halo de naturalidad. Consiguió que quienes las practicaban “como si tal cosa”, fueran conscientes de que el “otro”, algún “otro”, defendería sus derechos, los que hasta ese momento eran ignorados, sepultados como estaban bajo la masa de escombros de una cultura asfixiantemente autoritaria.
Edward Saíd solía decir que se avanza incluyendo diferentes visiones en un abrazo expansivo, haciendo que los bandos se hagan conscientes unos de otros. Mayo del 68 hizo que los unos fueran conscientes de los otros (aunque aquel abrazo fuera un “abrazo de oso”).
La relación entre aquellos acontecimientos, cuyo epicentro fue Francia, y la realidad argentina, puede explicarse adaptando un poco la frase de Cohn Bendit ya citada: Las categorías estériles de su pensamiento, hizo que la esencia existencial de aquellos acontecimientos fuera intraducible para los intelectuales argentinos.
Para los militantes e “intelectuales orgánicos” del peronismo, no era más que una protesta frívola de la clase media. Para el comunismo local era una aventura pequeño- burguesa. Para otros , como Nicolas Casullo (a quien cito): “Fue una intención de gestar un relato disruptor, para discutir contra los relatos que establecían la realidad(…) (Un relato) para asaltar la ciudadela del verbo neocapitalista -mercado, medios de masas, publicidad, educación, “aparatos ideológicos- (y permitir) la revolución verdadera.(….) Un nuevo sujeto sociocultural pasaba a compartir el trono de la revolución posible (….) Ellos (los estudiantes, la juventud) portaban los cañones contra la conciencia alienada en el capitalismo de la abundancia. (…) El mayo parisino se sintió heredero pleno del leninismo revolucionario”.
Confieso que me impresionan las torsiones de unos y otros para encajar el fenómeno dentro de las categorías del lenguaje y las creencias que ellos mismos suscriben. Aquellos acontecimientos, insisto, se resisten a ser pensados con categorías políticas cristalizadas y maniqueas. Peor aún, si se pretende explicar cuál fue la recepción de aquel acontecimiento (o de cualquier otro) en una cultura diferente (por ejemplo en Argentina).
Respecto de la recepción de aquellos hechos en Argentina, dice el mismo Casullo: “Paris del 68 nunca fue pancarta, cartel, eslogan o estribillo estudiantil, barrial, gremial, de las corrientes armadas o no, insurrecionales o guerrilleras, ni aquí, ni en América Latina”. Cuando leo esta afirmación, me surgen dos preguntas: ¿Por qué elige esos “colectivos” y no otros para rastrear si hubo o no alguna recepción del fenómeno? Pero, la pregunta que más me moviliza es la que sigue: ¿De que modo se puede saber si “mayo del 68″ no estuvo detrás, o por lo menos entreverado, en las utopías (explícitas o difusas, profundas o banales) de los jóvenes argentinos de aquellos años?
Yo, por mi parte, buscaría las huellas del “mayo francés” (en lo que se refiere a su “recepción” en Argentina), más que en los movimientos políticos, gremiales, barriales, insurreccionales, etc.,en la juventud multitudinaria convocada por el -entonces naciente- rock nacional, y en los profundos cambios éticos, estéticos, actitudinales y existenciales que vinieron de la mano de todo aquello. Al buscar esas huellas estaría precavido: seguramente no las voy a encontrar en estado puro. Van a estar mezcladas con la deriva incontenible de Bob Dylan, de los Beatles, de los Rolling Stones, de Luigi Tenco, etc., etc., etc.
Y, dicho sea de paso, tomaría otra precaución: trataría de no ser literal. Los eslóganes del “mayo francés” seguramente estarán fundidos en otros eslóganes, habrán adoptado otras palabras, habrán sufrido las enigmáticas formas del sincretismo.
¿Por qué buscar en la música?
Porque “la vida imita al arte”.